domingo, 3 de abril de 2016

PATRÓN EURO

Aunque hemos hablado del euro a menudo, un aspecto que nunca hemos mencionado son las similitudes que guarda con un sistema monetario empleado en el pasado: el patrón oro. En efecto, fundamentalmente a través de las consecuencias que tiene para los países que lo integran, el euro es una especie de actualización del patrón oro que rigió el sistema monetario internacional durante buena parte de los siglos XIX y XX.
El patrón oro era un sistema monetario por el que el valor de cada unidad monetaria se fijaba en términos de una determinada cantidad de oro. En este sistema, el banco central se comprometía a canjear los billetes que emitía por la cantidad de oro a la que equivalían. De ahí que los billetes antiguos incluyeran la leyenda “El Banco XXX pagará al portador…”, porque quien tuviera un billete tenía el derecho de acudir al banco central a reclamar la cantidad de oro que representaba ese billete.

El nacimiento del sistema monetario del patrón oro está muy relacionado con el del sistema de reserva fraccionaria del que hablábamos en nuestra última entrada. Como recordaréis, los billetes nacieron como los resguardos que emitían los orfebres para certificar que alguien había depositado una cantidad de oro en sus cajas de seguridad. Pronto, estos resguardos se aceptaron como medio de pago y dieron lugar a los billetes que hoy conocemos.
Cuando los orfebres cayeron en la cuenta de que los dueños del oro nunca acudían a retirarlo al mismo tiempo, comenzaron a prestarlo y a emitir más billetes que el oro que custodiaban. Aunque esto permitió una gran expansión del comercio y de la economía, también trajo una importante inestabilidad. Precisamente para acabar con esta inestabilidad, evitando que se emitiera dinero alegremente sin un respaldo real, se concedió el monopolio de la emisión de moneda a determinados bancos, los bancos centrales, y nació el patrón oro.
Tal y como se pretendía, el patrón oro aportó una gran estabilidad al comercio y al sistema financiero internacional y prácticamente acabó con la inflación. En la medida en que la inflación es un fenómeno monetario, si se impide el crecimiento arbitrario de la cantidad de moneda en circulación se estará eliminando una de las principales causas de la inflación. Este dato es importante, puesto que explica por qué el patrón oro es tan defendido por escuelas que dan una gran importancia al valor de la moneda y la lucha contra la inflación, como la escuela austríaca. Además, las escuelas ultraliberales defienden el patrón oro ya que la posibilidad de que el Estado pueda devaluar arbitrariamente su moneda les parece un atentado intolerable contra la libertad del individuo.
Pero el patrón oro también tenía sus inconvenientes, y la estabilidad que proporcionaba al sistema también se convertía en rigidez. Un relato maravilloso de las turbulencias que supuso la vuelta al patrón oro tras la Primera Guerra Mundial es el que realiza Liaquat Ahamed en Los Señores de las Finanzas, un libro que os recomiendo encarecidamente.

Por supuesto, podríamos escribir libros enteros sobre la historia del patrón oro y su funcionamiento, pero lo que nos interesa para compararlo con el euro es su efecto “disciplinario” sobre las economías. Expliquemos este aspecto con un ejemplo y veamos sus similitudes con la situación actual en la zona euro:
Supongamos la fabricación de máquinas de coser en la Europa de finales del XIX. Si Alemania es más eficiente y fabrica máquinas de coser más baratas que Inglaterra, lo normal en un mercado abierto es que los ingleses comprasen máquinas de coser alemanas con sus libras esterlinas. Como la libra está respaldada por oro, si los ingleses compran a los alemanes, en última instancia están pagándoles con las reservas de oro del Banco de Inglaterra.
Si extendemos el ejemplo de las máquinas de coser a la práctica totalidad de los bienes producidos por una economía, si Alemania es más eficiente que Inglaterra y los ingleses compran los bienes alemanes por ser más baratos, esto acabaría llevando al agotamiento de las reservas de oro británicas. En este contexto, la economía británica tendría que endeudarse en el exterior para sobrevivir, pero esta solución solo sería temporal, hasta que los acreedores cobren conciencia de la situación y dejen de prestar o exijan unos intereses prohibitivos. Por tanto, a largo plazo la única solución para Inglaterra sería aumentar su competitividad para producir más barato que Alemania y conseguir aumentar sus reservas de oro.
La forma ideal de aumentar la competitividad sería mejorar los procesos productivos y la dotación de bienes de capital e infraestructuras, pero hay un método más sencillo e inmediato: recortar salarios, y ese era el método que solía seguirse.
¿Os resulta familiar esta situación? ¿No os recuerda a algo?

lunes, 30 de noviembre de 2015

EL SISTEMA DE RESERVA FRACCIONARIA Y LA CREACIÓN DE DINERO BANCARIO


Una de las características fundamentales de nuestro sistema financiero es la capacidad que tienen los  bancos para crear dinero. En efecto, los bancos tienen el poder de crear dinero, un dinero que recibe la denominación de dinero bancario. Aunque son los bancos centrales los que tienen el monopolio de la creación de dinero, lo cierto es que la mayor parte del dinero que circula por la economía ha sido creado por los bancos.

La gente corriente no es consciente de hasta dónde llega esta capacidad de los bancos para crear dinero de la nada (de hecho, es de las cosas que más sorprenden a los alumnos cuando las explicas en clase), así que dedicaremos una pequeña entrada a explicar la creación de dinero bancario y el sistema de reserva fraccionaria, que es el que hace posible dicha creación de dinero.

Pero para explicar el sistema de reserva fraccionaria es preciso explicar cómo se originaron los bancos. Como tantas otras cosas en la economía, los bancos surgieron de forma natural (o si queréis, accidentalmente), sin que mediara ningún plan perfectamente orquestado por una instancia superior. En un principio, nacieron a partir de la actividad de los orfebres. Como estos manejaban materiales muy valiosos, contaban con cajas de seguridad para dificultar que fueran asaltados por ladrones.


Los primeros banqueros fueron los orfebres que custodiaban los depósitos de sus clientes

Con el tiempo, como a menudo les sobraba espacio en sus cajas fuertes, los orfebres alquilaron el uso de las mismas a aquellas personas que también quisieran proteger sus joyas o monedas de oro. Como comprobante de que tenían oro guardado en la caja de seguridad del orfebre, los depositantes recibían un documento o resguardo que así lo certificaba. Como pagar con oro era engorroso y acarreaba muchas molestias, estos resguardos comenzaron a ser aceptados como medio de pago, y así es como nacieron los billetes que hoy conocemos. En un principio, por tanto, cada banco emitía sus propios billetes, y a partir de ahora hablaremos de bancos y no de orfebres porque la actividad bancaria no tardó en superar en volumen e importancia a la orfebrería. Solo cuando cada estado concedió el monopolio de emisión de moneda a un determinado banco nacieron los bancos centrales tal y como los conocemos.

Pero lo que a nosotros nos interesa es otra cosa. Al mismo tiempo que se extendía el uso de los billetes como medio de pago en sustitución del oro, los banqueros se dieron cuenta de que no tenían por qué mantener en sus cajas fuertes todo el oro que recibían en depósito. Como era poco probable que todos los depositantes reclamasen su oro al mismo tiempo, podían prestar una parte (por el que obtenían una jugosa rentabilidad) y mantener como reserva tan solo una fracción del mismo. De ahí viene el nombre de sistema de reserva fraccionaria que recibe nuestro sistema bancario.

Como os podéis imaginar, este sistema permitió una gran expansión de la economía, pues se facilitaba el crédito y la financiación de la inversión, pero también trajo inestabilidad financiera, ya que bastaba con que los clientes de un banco desconfiaran de que este pudiese devolverles el dinero de sus depósitos para que se generase un pánico bancario y, efectivamente, el banco fuese incapaz de devolverles su dinero.

Para evitar esta inestabilidad nacieron los bancos centrales. Por un lado, los bancos centrales eran "prestamistas de último recurso", de modo que si un banco era víctima de una oleada de pánico bancario contase con una entidad a la que recurrir para solicitar ayuda.


La necesidad de prevenir los pánicos bancarios estuvo en el origen de los bancos centrales.

Pero los bancos centrales también ejercían labores de supervisión del sistema bancario. Dentro de esta labor de se encuadra el establecimiento de un coeficiente de cajaComo ya dijimos en otra entrada, el coeficiente de caja es el porcentaje de sus depósitos totales que los bancos deben mantener en una cuenta abierta en el banco central. El banco central obliga a mantener este coeficiente para que los bancos puedan hacer frente a las retiradas de efectivo de sus clientes. Pero lo que a nosotros nos interesa es que el coeficiente de caja determina de forma directa la capacidad que tienen los bancos para crear dinero bancario.

Para comprobarlo, vamos a imaginar el caso de un sistema bancario con un coeficiente de caja del 10% y un individuo que deposita 1.000 € en su banco:

  • Un individuo A deposita 1.000 € en el banco X. Como hay un coeficiente de caja del 10%, el banco X deposita 100 € en su cuenta del banco central y presta los 900 € restantes a otro individuo AA, que los utiliza para comprar algo al individuo B.
  • El individuo B deposita sus 900 € en el banco Y. El banco Y deposita 90 € en el banco central cumpliendo con su coeficiente de caja y presta los 810 € restantes a otro individuo BB, que los utiliza para pagarle una deuda al individuo C.
  • El individuo C deposita sus 810 € en el banco Z. En cumplimiento del coeficiente de caja, el banco Z deposita 81 € en el banco central y presta los 729 € restantes al individuo CC, que los utiliza para comprar algo al individuo D.
Como vemos, en solo tres pasos, el sistema de reserva fraccionaria ha creado 2.710 € a partir de una cantidad inicial de 1.000 €. En un principio, el individuo A contaba con 1.000 €. Al finalizar los tres pasos, el individuo A sigue contando con 1.000 €, pero al mismo tiempo, el individuo B tiene 900 € y el individuo C cuenta con 810 €.

Por no eternizar el ejemplo, nos hemos centrado en los tres primeros pasos, pero los bancos podrían seguir creando dinero bancario mientras les quede dinero que seguir prestando a otros clientes después de satisfacer la exigencia del coeficiente de caja.

Lógicamente, los bancos podrán crear más dinero cuanto menor sea el coeficiente de caja exigido por el banco central. Aunque no lo desarrollaremos por no añadir complejidad a nuestra entrada, aplicando la fórmula de una progresión geométrica se puede deducir que la cantidad total de dinero bancario que se puede crear es igual al cociente entre el dinero de curso legal y el coeficiente de caja expresado en tanto por uno. Si aplicamos esa fórmula a nuestro ejemplo, llegamos a la conclusión de que a partir de los 1.000 € iniciales del individuo A se podría generar una cantidad final de 10.000 € en la economía.

Por supuesto, esta fórmula solo sería exacta si los individuos mantuviesen todo el dinero en el banco. Si las personas tienen mucho dinero en efectivo, los bancos contarán con menos dinero para prestar a otros clientes y la creación de dinero bancario será menor. Obviamente, la creación de dinero bancario es un gran negocio para los bancos, de ahí que estén tan interesados en que realicemos la mayor parte de nuestras operaciones a través de las cuentas bancarias (y de ahí su ansia en que domiciliemos los recibos, cobremos nuestra nómina a través del banco, paguemos con tarjeta, etc.).

Por otro lado, si la creación de dinero bancario del ejemplo os ha sorprendido, tened en cuenta que el coeficiente de caja impuesto por el BCE está en el 1%, es decir... ¡los bancos crean dinero con el 99% de nuestros depósitos!

El sistema de reserva fraccionaria es muy criticado por muchos economistas. Las principales críticas se centran en la inestabilidad que genera en el sistema. Tengamos en cuenta que los bancos crean dinero al conceder préstamos, por lo que la creación de esas montañas de dinero descansan sobre la creación de montañas de deuda, lo que siempre genera riesgos. Los más críticos son los economistas de la escuela austriaca, que llegan a pedir el establecimiento de un coeficiente de caja del 100%, es decir, que los bancos no puedan prestar nada del dinero que depositan sus clientes.

Por mi parte, no soy tan extremista. Creo en elevar el coeficiente de caja, pero los principales problemas de la banca me parece que están en otros aspectos, como la falta de transparencia, la importancia de la banca en la sombra, la falta de restricciones a su actividad desenfrenada, el enorme grado de financiarización de la economía, etc.

¿Y vosotros? ¿qué pensáis del sistema de reserva fraccionaria?



¿Alguien sabe para qué quieren crear tanto dinero los bancos?

sábado, 31 de octubre de 2015

NUFF SAID!!!!

Pese a la abundancia de números y fórmulas, la economía es una ciencia muy inexacta. Como el fútbol. Y dominada por el forofismo, como el fútbol. Y sobre la que, igual que ocurre en el fútbol, puede opinar cualquier indocumentado.
Enric González, periodista. 

martes, 29 de septiembre de 2015

EL CRECIMIENTO DE LA EMPRESA


En muchos sentidos, las empresas son como los seres vivos. Como nosotros, son sujetos de derechos y obligaciones: pueden reclamar el amparo de la Justicia y pueden ser denunciadas ante la Ley (después de todo, son personas, aunque eso sí, personas jurídicas), y como todos los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y, al final, mueren. Sin embargo, una empresa no deja de ser un ente particular si lo comparamos con los seres vivos, así que las formas que tiene de crecer son también propias y particulares. Precisamente vamos a dedicar este artículo a analizarlas detenidamente para así conocer mejor a este agente económico esencial de nuestra economía.

Digamos en primer lugar que cuando hablamos de crecimiento de la empresa hablamos del aumento de su capacidad productiva. Esto puede conseguirse añadiendo nuevas instalaciones o aumentando el tamaño de las ya existentes, pero no es imprescindible. También puede conseguirse (e incluso es deseable) aumentando la productividad y eficiencia de la empresa.

Digamos en segundo lugar que el crecimiento no es una opción para la empresa. Actualmente, los mercados se encuentran en constante evolución y son una fuente de retos y oportunidades para la empresa. Gran parte de estos retos se relacionan con la globalización y la búsqueda de la dimensión adecuada para atender mercados cada vez más amplios y competitivos. En este contexto, crecer es una cuestión de supervivencia frente a la competencia y los retos externos.

No solo se crece para evitar los peligros de la competencia. Crecer es también beneficioso para la empresa, ya que se generan economías de escala. En Economía, se denominan economías de escala a la disminución de los costes unitarios de producción a medida que crece la empresa. Estas economías de escala aparecen por varios motivos:

  1. Desde un punto de vista productivo, crecer permite aprovechar mejor las ventajas de la división del trabajo y la especialización, así como un mayor grado de automatización y mecanización, con el consiguiente aumento de la productividad.
  2. Desde un punto de vista financiero, una gran empresa tiene acceso a más fórmulas de financiación que las pequeñas empresas, como las emisiones de bonos o las ampliaciones de capital. Además, su mayor tamaño les permite obtener mejores condiciones de las entidades financieras.
  3. Desde un punto de vista comercial, una gran empresa puede conseguir mejores precios de sus proveedores dado su poder y su mayor volumen de compra. Además, las grandes empresas disponen de más recursos para invertir en campañas de promoción y publicidad e investigación de mercados, de manera que están más preparadas para conocer las tendencias de la demanda y responder a ellas.

Una vez aclarado el carácter necesario del crecimiento y sus ventajas, analicemos las distintas modalidades de crecimiento por las que puede optar la empresa, que tenéis representadas en este esquema:



lunes, 31 de agosto de 2015

LOS ORÍGENES DE LA DEUDA PÚBLICA


A principios del verano publiqué un artículo bastante extenso en el que hacía un repaso a los aspectos que me parecían más relevantes de la deuda pública. Uno de los aspectos que pensaba tratar era el origen de la deuda pública; sin embargo, tras finalizar el artículo me pareció que el segmento dedicado a revisar los orígenes de la deuda no encajaban bien con el resto del artículo, por lo que opté por suprimirlo. Como no quiero que se quede sin publicar, aquí lo tenéis.

Como tantas otras cosas, los mercados de bonos tuvieron unos comienzos modestos. Como menciona Niall Ferguson en su libro "El Triunfo del Dinero", los mercados de deuda pública nacieron en las ciudades estado del norte de Italia durante la Baja Edad Media y el Renacimiento. Así, la ciudad de Venecia desarrolló un sistema de deuda pública a finales del siglo XII. Por supuesto, este sistema tenía sus particularidades: los ciudadanos que tuvieran un determinado nivel de renta se veían obligados a comprar los títulos de deuda emitidos por la ciudad. A  pesar de ser una imposición del Estado, esta obligación se diferenciaba de los impuestos en dos aspectos cruciales: al finalizar la vida del título recuperarían el dinero que se vieron obligados a prestar y durante la vida del mismo recibirían unos intereses. Puesto que estos "préstamos" eran obligatorios, no se podía hablar en sentido estricto de usura, por lo que eran permitidos por la Iglesia.

Además, existía un dinámico mercado secundario en el que los poseedores de bonos podían venderlos a cambio de dinero en efectivo antes de su vencimiento (como ya vimos en esta entrada, son los mercados secundarios los que en última instancia determinan la demanda y el éxito de las emisiones de bonos). De este modo, los venecianos generaron auténticas "montañas" de deuda para financiar sus guerras: así, el volumen de deuda consolidada o deuda a largo plazo con la que se financiaron las guerras libradas con Génova y otros rivales en el siglo XIV se denominó "monte vecchio", mientras que para financiar sus guerras con el Imperio Turco en el siglo XV se creó el "monte nuovo" (en concreto, los inversores del monte nuovo percibían un interés anual del 5% pagado dos veces al año con lo que se recaudaba a partir de los impuestos indirectos de la ciudad).

Venecia, cuna del comercio, de los mercaderes... y de los mercados de deuda pública.
También podemos encontrar un desarrollado sistema de deuda pública muy similar al veneciano en la Florencia de los siglos XIII al XV: a comienzos del siglo XIV, las dos terceras partes de las familias florentinas contribuían a financiar la deuda pública de la ciudad, aunque el grueso de los títulos estuvieran en poder de unos cuantos miles de individuos ricos. Precisamente una de las razones por las que este sistema de deuda pública funcionó tan bien en ciudades como Venecia y Florencia es porque las mismas familias que financiaban con la compra de deuda la actividad de la ciudad controlaban también el gobierno de la misma. Dicho de otra forma: las personas que emitían bonos eran en gran medida las mismas que los compraban. Lógicamente, tenían un gran interés en que su dinero se emplease de la mejor forma posible.

Esta circunstancia contrasta con la situación de la corona española. Mientras que incumplir el pago de la deuda para los gobernantes florentinos era perjudicar sus propios intereses, los monarcas hereditarios podían renegar de sus compromisos de pago sin que se les pudieran pedir cuentas (más allá de la dificultad de encontrar nuevos prestamistas, claro). Ya vimos en esta entrada cómo los monarcas españoles recurrieron a los mercados de deuda para financiar sus guerras, pero en vez de generar un rico mercado interno en cuyo funcionamiento y éxito se implicasen las élites españolas recurrieron a banqueros genoveses para la emisión y comercialización de juros.

De hecho, gran parte de las dificultades financieras que tuvo que afrontar España se debieron a la necesidad de sofocar las continuas rebeliones en los Países Bajos. Mientras que el peso de la deuda y los impuestos agotaron el potencial de la economía española, las pujantes instituciones holandesas, sostenidas por un gran número de comerciantes para los que era vital la libertad de su país, desarrollaron un amplio abanico de títulos de deuda pública con los que financiar su rebelión: títulos a largo plazo, anualidades vitalicias y perpetuas, préstamos de lotería (por los que los inversores compraban la pequeña probabilidad de percibir un enorme rendimiento, etc.). En 1650 había más de 65.000 ciudadanos holandeses que habían invertido su capital en alguno de esos instrumentos de deuda y contribuían a financiar la lucha por la independencia de Holanda.

Los mercados de deuda pública siguieron desarrollándose y, aunque los libros de Historia no les prestan la atención que merecen, fueron fundamentales en la resolución de guerras tan importantes como las guerras napoleónicas, la Guerra de Secesión de Estados Unidos o la Primera Guerra Mundial. En esta última, además, tuvo lugar un proceso fundamental: la democratización de la deuda pública, puesto que los bonos dejaron de venderse únicamente a las clases adineradas. Todos los países beligerantes vendieron bonos de guerra a miles de pequeños ahorradores que hasta entonces jamás habían comprado bonos del Estado convenciéndoles de que era su deber patriótico hacerlo. De hecho, un factor fundamental en la derrota de Alemania fue que no tuvo acceso al mercado de bonos internacional mientras que los aliados pudieron vender bonos en Estados Unidos y en todos los territorios del Imperio Británico. A partir de entonces, la venta de bonos a los pequeños ahorradores y las clases medias adquirió un carácter fundamental.


Una muestra de la popularización del mercado de bonos:
¡el mismísimo Capitán América anunció la venta de bonos de guerra antes de liderar los Vengadores!

jueves, 2 de julio de 2015

HACIENDO LA DECLARACIÓN DE LA RENTA


Si no me fallan las cuentas, hace poco que terminó el plazo para presentar la Declaración de la Renta correspondiente al ejercicio 2014. Muchos de vosotros ya la habréis presentado un buen montón de veces, alegrándoos como si vuestro equipo ganase la liga si os sale a devolver y acordándoos de la familia del ministro de Hacienda cuando os sale a pagar. Aunque la mayoría ya sabéis por qué hay que calcular y presentar la declaración de la renta todos los años, vamos a dedicar esta entrada a desglosarla en sus componentes más importantes para que entendáis cómo se calcula un impuesto tan importante en nuestro sistema fiscal como el IRPF.

El impuesto de la renta es el impuesto más importante en la mayoría de los sistemas fiscales. En España, se denomina Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y solemos referirnos a él por sus siglas, IRPF. Para que veáis que no exagero al decir que es el impuesto más importante de nuestro sistema tributario, baste recordar el dato que aportamos en una antigua entrada, según el cual el 42% del dinero que recaudó la Agencia Tributaria española en 2012 se debió al IRPF (le seguía el IVA con un 30% de la recaudación).

Como su nombre indica, el IRPF grava la obtención de cualquier tipo de renta por parte de los ciudadanos del país. Solo se aplica a las personas físicas, puesto que ya hay otro impuesto, el Impuesto de Sociedades, que grava los beneficios obtenidos por empresas y otras personas jurídicas. El IRPF es un impuesto directo, es decir, recae directamente sobre los contribuyentes, que tendrán que liquidar con la Agencia Tributaria el pago del impuesto (por el contrario, los impuestos indirectos, cuyo ejemplo más representativo es el IVA, no recaen directamente sobre el contribuyente, sino que gravan el consumo de bienes y servicios y se repercuten en el precio de venta de dichos bienes).

Al recaer directamente sobre los contribuyentes, el IRPF permite tener en cuenta las circunstancias personales y familiares de los ciudadanos que están obligados a pagarlo. En este sentido, una de las características más importantes del IRPF es que se trata de un impuesto progresivo, es decir, que las personas que ganen más renta tendrán que pagar una parte proporcionalmente mayor de la misma. La progresividad es básica para la justicia y equidad del sistema tributario e imprescindible para garantizar la solidaridad, de modo que quien más tenga más contribuya al sostenimiento de la sociedad y el bienestar de los demás. En el siguiente gráfico podemos ver los tipos que se aplican en el IRPF desde el 1 de julio de 2016:



Como se aprecia en la gráfica, no todas las rentas tributan del mismo modo en el IRPF. Los ingresos obtenidos por los contribuyentes se pueden clasificar en tres grandes grupos:
  1. Rendimientos del trabajo y/o de actividades económicas: salarios de los trabajadores, rendimientos de profesionales independientes, rendimientos derivados de la propiedad industrial o intelectual.
  2. Rendimientos del capital mobiliario: dividendos e intereses, plusvalías en la venta de acciones y otros activos financieros, etc.
  3. Rendimientos del capital inmobiliario: alquileres, beneficios obtenidos por la venta de viviendas u otros inmuebles, etc.
Todos los ingresos tributan a los tipos generales a excepción de los rendimientos del capital mobiliario, que tributan a un tipo especial para las rentas del ahorro. En concreto, se consideran rentas del ahorro los rendimientos obtenidos por la cesión a terceros de capitales propios (intereses de cuentas y préstamos), los rendimientos obtenidos por la participación en los fondos propios de cualquier entidad (dividendos, primas de asistencia a juntas de accionistas o propietarios, participaciones en los beneficios), rentas derivadas de la transmisión o amortización de bonos y pagarés y rendimientos procedentes de operaciones de capitalización (fondos de inversión, fondos de pensiones) y contratos de seguro de vida o invalidez.

Como se observa en el gráfico, las rentas del ahorro tributan a tipos mucho más bajos que las demás rentas. Esto es una decisión política del gobierno, que ha decidido bonificar este tipo de rentas para fomentar el ahorro. Sin embargo, dicha decisión atenta contra la progresividad intrínseca del impuesto, ya que las personas que tienen más capacidad de ahorro se benefician de unos tipos mejores que aquellos que solo pueden vivir de su trabajo, que suelen ser personas más humildes.

Esta circunstancia es una constante en la estructura del IRPF, ya que su carácter personal lo convierte en un instrumento importantísimo para influir en el comportamiento de los ciudadanos y conseguir diversos fines. Cuando al gobierno le interesa que se lleven a cabo diferentes actividades o se pongan en práctica determinadas actitudes lo puede conseguir bonificando o gravando aún más el pago del IRPF. Esto se consigue a través de instrumentos como las exenciones, las reducciones y las deducciones, a los que haremos referencia a lo largo de la entrada. Por ejemplo, los distintos gobiernos españoles han promovido la compra y alquiler de viviendas, la contratación de fondos de pensiones privados o incluso la matriculación en centros educativos privados a través de bonificaciones del IRPF, una serie de actividades que tienen poco que ver con la progresividad del impuesto (las personas que pueden llevar a cabo todas esas operaciones y beneficiarse de esas bonificaciones suelen tener un nivel de renta medio-alto).

La progresividad del IRPF lo convierte también en uno de los estabilizadores automáticos más importantes de la economía. ¿Y qué son los estabilizadores automáticos? Pues son partidas de gasto e ingreso público que se activan automáticamente con las oscilaciones de la actividad económica y contribuyen a suavizar los efectos de los ciclos económicos:
  • en períodos de crecimiento económico se crean empresas y crecen el empleo y los salarios. Todo ello hace que el Estado recaude más impuestos y gaste menos en partidas sociales como las prestaciones de desempleo. El Estado reduce su déficit mientras que los impuestos, al retirar gran parte de la renta generada, ayudan a contener la expansión de la actividad económica y a "estabilizar" el ciclo económico.
  • En períodos de crisis, caen las rentas y aumenta el desempleo. En esta situación, cae la recaudación al reducirse los ingresos por impuestos y aumenta el gasto social al dispararse las prestaciones por desempleo y otras ayudas sociales. De este modo, el Estado incurre en déficit público mientras que el gasto social amortigua el impacto económico de la crisis.
Como hemos dicho, de entre los impuestos, el IRPF es uno de los estabilizadores automáticos más importantes gracias a su progresividad. A medida que aumenta el nivel de actividad y crece la renta, la recaudación impositiva vía IRPF aumentará más que proporcionalmente, ya que a mayor nivel de ingresos se dedicará un mayor porcentaje de renta al pago del impuesto.



El contribuyente realiza la Declaración de la Renta una vez al año (en los meses de mayo y junio en España), pero el impuesto se va pagando a lo largo de todo el año. Cada vez que una empresa paga un salario a un trabajador o profesional contratado, le paga parte de ese salario a la Agencia Tributaria, y lo mismo ocurre con los intereses pagados por las entidades financieras o los dividendos pagados por las sociedades anónimas a sus accionistas, por poner dos ejemplos. Estas cantidades "retenidas" a sus beneficiarios se denominan retenciones, y son los ingresos mensuales que recibe la Agencia Tributaria a cuenta del IRPF.

Sin embargo, en un impuesto tan complejo como el IRPF es prácticamente imposible que las retenciones practicadas a lo largo del año coincidan con la cantidad que efectivamente deba pagar el contribuyente según sus circunstancias personales: la empresa o el agente que retiene no conoce dichas circunstancias, el salario percibido puede variar a lo largo del año y hacer que la obligación tributaria sea otra, etc. Por eso, al hacer la Declaración de la Renta, lo que hace el contribuyente es calcular la cantidad que realmente debe pagar a Hacienda en función de su renta y de sus circunstancias personales, lo que se denomina cuota líquida, y compararla con la cantidad que ya le han retenido a cuenta del IRPF:
  • Si la cuota líquida es mayor que las retenciones a cuenta, la declaración sale positiva y hay que ingresar la diferencia en Hacienda, ya que el contribuyente ha pagado a lo largo del año menos de lo que le correspondía.
  • Si la cuota líquida es menor que las retenciones a cuenta, la declaración sale negativa y Hacienda debe devolverle la diferencia al contribuyente, ya que este ha pagado más de lo que le correspondía a lo largo del año.

Vamos a ver cómo se calcula la cuota líquida. A lo largo de este repaso aparecerán muchos conceptos que os serán familiares, ya que figuran en los borradores de vuestras declaraciones:
  1. En primer lugar, hay que calcular la base imponible del impuesto. La base imponible es la magnitud que se utiliza para medir la capacidad económica del contribuyente. Si el hecho imponible del IRPF, la circunstancia que obliga a su pago, es la obtención de rentas por parte del contribuyente, la base imponible será la cuantía de esas rentas. Para obtenerla se suman todos los ingresos obtenidos por el contribuyente a lo largo del año y se le restan los gastos deducibles (son gastos necesarios para la obtención de los ingresos o a los que no se puede renunciar, siendo el ejemplo más importante las cotizaciones a la Seguridad Social). Como a efectos tributarios hay dos tipos de rentas, las rentas de carácter general y las rentas del ahorro, se calculan dos bases imponibles: la base imponible general y la base imponible del ahorro, a cada una de las cuales se le aplicarán distintos tipos impositivos, como vimos en la anterior gráfica. No obstante, por simplicidad en nuestra exposición nos referiremos a una única base imponible.
  2. A continuación, se obtiene la base liquidable restando a la base imponible las reducciones previstas en la ley. Como ya hemos dicho, las reducciones se aplican en función de las circunstancias que se quieran favorecer: por aportaciones a planes de pensiones, por estar al cargo de personas mayores de 65 años o discapacitadas, por cuotas y aportaciones a partidos políticos... Dos reducciones destacan especialmente, la que se concede por tributación conjunta (matrimonios) y el mínimo exento, una cantidad que se considera necesaria para poder vivir dignamente y por la que, por tanto, no se debe tributar. Hay un tope para las reducciones a aplicar, ya que la base liquidable no puede salir negativa.
  3. Se calcula la cuota íntegra aplicando a la base liquidable un porcentaje que variará según la tarifa progresiva del impuesto. Por ejemplo, teniendo en cuenta los tramos y tipos de la gráfica anterior, si la base liquidable de un contribuyente es de 25.000 €, esta cantidad tendría que dividirse entre los distintos tramos fijados en el impuesto (12.450 + 7.750 + 4.800), a cada uno de los cuales se le aplicaría su correspondiente tipo impositivo, de modo que la cuota íntegra sería (0'19 X 12.450) + (0'24 X 7.750) + (0'3 X 4.800) = 5.665'50 €. Dicha cantidad supondría un tipo efectivo del 22'66%. En España, estos porcentajes se reparten entre la Haciendas estatal y las autonómicas, correspondiendo aproximadamente un reparto del 65% para el Estado y del 35% para las comunidades autónomas.
  4. Finalmente, se obtiene la cuota líquida restando a la cuota íntegra las deducciones previstas en la ley (por si no la encontráis, en el borrador de la declaración la cuota líquida se denomina cuota resultante de la autoliquidación). Como en el caso de las reducciones, las deducciones se aplican para incentivar determinadas actividades, premiar ciertas situaciones o ayudar a colectivos concretos. En el caso del IRPF, las más habituales son las deducciones por compra o alquiler de vivienda habitual, donativos a entidades sin ánimo de lucro (como sindicatos, ONG o fundaciones), mecenazgo, deducciones para madres trabajadoras, por aportaciones a planes de pensiones, por invertir en empresas de nueva creación, etc. Las comunidades autónomas también pueden fijar sus propias deducciones (en este sentido, destacan las deducciones fijadas por la Comunidad de Madrid para favorecer la educación privada y concertada en detrimento de la pública). Una deducción muy célebre fueron los 400 € de José Luis Rodríguez Zapatero que seguramente recordaréis. Como ocurría con la base liquidable, la cuota líquida no puede ser negativa, por lo que hay un tope a las deducciones a aplicar.
  5. La diferencia entre la cuota líquida y las retenciones a cuenta pagadas a lo largo del año es la cuota diferencial. Si la cuota diferencial es positiva, significa que al contribuyente se le ha retenido menos de lo que le correspondía en función de sus circunstancias personales y tendrá que pagar esa diferencia a la Agencia Tributaria. Si la cuota diferencial es negativa, significa que al contribuyente le han retenido más de lo que le correspondía y el Estado le debe devolver la diferencia (sí, la Declaración le ha salido "a devolver").

Resumamos este proceso en un gráfico para poder observarlo mejor:
A partir de ahora, cada vez que tengáis que hacer la Declaración de la Renta no podréis alegar que no la entendéis.
Venga, en serio, ¿a que ya estáis deseando hacer la Declaración del año que viene?


miércoles, 24 de junio de 2015

LA DEUDA PÚBLICA A EXAMEN

(o MI LECCIÓN MAGISTRAL SOBRE LA DEUDA)

Como sabéis, dedicamos nuestra última entrada a analizar la naturaleza y componentes del déficit público, y finalizamos la misma anunciando que dedicaría el próximo post a hablar de la deuda pública, de modo que ambos artículos serían complementarios.

La deuda pública está compuesta por los bonos y obligaciones emitidos por el Estado para captar el ahorro de los inversores. Ya dijimos en la anterior entrada que cuando los gastos del Sector Público son superiores a sus ingresos, una de las alternativas que tiene el Estado para cuadrar sus cuentas es la emisión de deuda pública. En todo caso, no es ésta la única situación en la que los gobiernos emiten deuda:
  • mientras que las necesidades de gasto son continuas, el cobro de muchos impuestos está mucho más espaciado en el tiempo (el IRPF se cobra mensualmente a través de las retenciones, pero el IVA se cobra trimestralmente y el Impuesto de Sociedades de forma anual, por poner dos ejemplos), de modo que el Estado debe recurrir a la emisión de deuda pública para garantizar su liquidez.
  • además, la deuda pública suele ser necesaria siempre que se abordan gastos extraordinarios o hay que financiar grandes inversiones, puesto que las obligaciones de gasto son tan grandes que el gobierno tampoco dispondría de liquidez suficiente para afrontarlas.

Sea como sea, lo cierto es que el volumen de deuda pública que circula en los mercados financieros es enorme. En una entrada en la que intentábamos medir la dimensión de los mercados financieros, citábamos una estimación del Banco Mundial que valoraba los bonos de deuda pública en circulación en 2011 en unos 45 billones de dólares. Esto afecta de forma determinante a la capacidad de actuación de los Estados, hablándose habitualmente de sostenibilidad de la deuda, como veremos a lo largo de esta entrada. Además, la importancia del mercado de deuda pública es pareja a su volumen, fundamentalmente por dos razones:
  • Debido a que se considera que los gobiernos son los prestatarios más fiables, el mercado de bonos establece los tipos de interés a largo plazo para la economía en su conjunto. Si un país paga un 5% de interés por su deuda, las empresas y agentes económicos privados de ese país tendrán que afrontar intereses mayores, puesto que se consideran prestatarios menos fiables.
  • Además, el mercado de bonos juzga diariamente las políticas económicas de los gobiernos, de modo que si la actuación de un gobierno no es del gusto de los mercados estos pueden castigarle elevando el coste de su deuda, una lección que en España hemos aprendido por las malas.
Bono español al portador de 1877. Actualmente, los bonos no existen como soporte físico, sino que son meras anotaciones contables (a excepción de alguna emisión especial o conmemorativa).

Pero entremos ya en las particularidades de la deuda pública. Muchos de vosotros ya sabéis lo que significa estar endeudado, ya sea por haber firmado un préstamo personal o hipotecario o por el uso de una tarjeta de crédito. Ya hablamos hace un par de entradas del endeudamiento tanto público como privado español, pero... ¿qué caracteriza a la deuda pública frente a la privada?


TIPOLOGÍA Y CARACTERÍSTICAS DE LA DEUDA PÚBLICA

Para empezar, cuando hablamos de deuda pública solo nos referimos a bonos emitidos por el Estado. Es posible que las administraciones públicas se endeuden con alguna entidad financiera a través de un préstamo y es normal que tengan pagos pendientes con muchos agentes privados, pero estas operaciones son mucho más circunstanciales y su peso es ínfimo en relación al volumen de bonos emitidos por el Estado.

Por supuesto, el Estado puede emitir distintos tipos de bonos en función de su cuantía y su vencimiento. En el caso de España, los principales títulos de deuda pública emitidos por el Tesoro son los siguientes:
  1. Letras del Tesoro: son títulos de deuda con vencimiento inferior a 18 meses (normalmente, seis o doce meses). Se emiten mensualmente con un valor de 1.000 €.
  2. Bonos del Estado: son títulos de deuda que se emiten con vencimiento a tres y cinco años. Como las Letras del Tesoro, se emiten mensualmente y la inversión mínima es de 1.000 €.
  3. Obligaciones del Estado: son títulos de deuda a muy largo plazo, ya que se emiten a diez, quince o treinta años. La prima de riesgo es la diferencia entre el tipo de interés del bono español a diez años y el bono alemán del mismo plazo en el mercado secundario. La prima de riesgo se expresa en puntos básicos (centésimas de punto porcentual); esto significa que si la prima de riesgo es de 200 puntos, la diferencia entre el tipo de interés del bono español a diez años con su homólogo alemán es del 2%.
La estrategia de qué títulos emitir y cuándo hacerlo la fija el Tesoro, que publica todos sus años sus objetivos. En concreto, para el año 2015 se ha propuesto vender 240.000 millones de euros de deuda. Si tenemos en cuenta que el PIB español está en torno al billón de euros, podemos afirmar que en un año, el Tesoro español emitirá un volumen de deuda equivalente a la cuarta parte del PIB nacional (¿Veis cómo los volúmenes de deuda pública que se negocian son astronómicos?).

Otra característica muy particular de la deuda pública es que habitualmente no se amortiza, sino que se refinancia. En realidad, lo que ocurre es que la emisión de muchos títulos de deuda se hace coincidir con el vencimiento de títulos más viejos, con lo que el dinero que se obtiene con la venta de los títulos nuevos sirve para devolver el capital que se recibió con la venta de los antiguos. Es decir, mientras que las personas de a pie devolvemos capital e intereses cuando tenemos que pagar un préstamo, el Estado solo paga intereses, puesto que hace coincidir la devolución del capital con la emisión de más deuda con la que pagar dicho capital. Volviendo a los datos del párrafo anterior, de los 240.000 millones de deuda que el Estado tiene previsto emitir en 2015, unos 185.000 millones servirán para pagar los bonos que vencen este año, mientras que los 55.000 millones restantes supondrán un aumento neto del volumen de deuda pública.



FORMAS DE CUANTIFICAR LA DEUDA PÚBLICA

Hasta ahora estamos manejando cifras absolutas de deuda, pero lo normal es medirla en términos relativos para poder realizar comparaciones entre distintos países. Una posibilidad sería expresar la deuda pública per cápita, dividiéndola entre la población del país, de forma que sabríamos cuánta deuda pública le correspondería devolver a cada habitante (en concreto, es una forma muy habitual de referirse al endeudamiento de los municipios). Por curiosidad, os diré que la deuda pública per cápita española pasó de 9.417 € en 2008 a 20.580 € en 2013. Es decir, si todos los españoles tuviéramos que pagar a escote nuestra deuda pública tendríamos que poner 20.580 € por persona (id multiplicando si tenéis hijos y mayores a vuestro cargo).

Pero lo más habitual es expresar la deuda pública con respecto al PIB. Así, si decimos que la deuda pública de un país es del 40% del PIB, eso significa que ese país tendría que sacrificar un 40% de su PIB para liquidar toda su deuda pública, aunque en realidad este ratio tiene un significado algo distinto:
  • la deuda pública es una variable stock o variable fondo, que representa el valor acumulado de una determinada magnitud hasta un momento determinado y que se expresa en euros.
  • el PIB es una variable flujo, que en este caso representa la producción de bienes y servicios en un país a lo largo de un año. Por tanto, se expresa en euros al año (también suele aplicarse a períodos trimestrales, pero el PIB que se utiliza para medir la deuda pública es el PIB anual).
Si dividimos una variable entre otra, observamos que el ratio deuda/PIB está expresado en años (o en porcentaje de año):
¿Qué significa esto? Pues, por ejemplo, que si el ratio de deuda con respecto al PIB es 1 (o del 100%), como ocurre ahora en España, esto indica que habría que destinar la producción española de bienes y servicios de un año para pagar la deuda pública.


Como ya ocurría con el déficit, esta forma de medir la deuda pública es problemática y corre el riesgo de minusvalorarla, ya que al pago de la deuda pública sólo se destinan los ingresos del sector público, no todo el PIB. En todo caso, es un criterio que permite una rápida comparación entre países y buscar una fórmula alternativa sería complicado, ya que la capacidad de cada país para hacer frente a la deuda depende de muchos factores: los tipos de interés, la estructura fiscal de cada país, el déficit primario de las cuentas públicas, el nivel de inflación...

Un aspecto muy interesante a la hora de valorar la importancia de la deuda pública es saber quiénes son los poseedores de la deuda. Puesto que la deuda implica pago de intereses, si los tenedores de deuda son extranjeros, el pago de esos intereses supondrá un empobrecimiento del país al drenarse recursos públicos al exterior. Así, en el caso español, casi el 50% de la deuda pública viva en 2014 estaba en manos de inversores extranjeros, lo que significa que buena parte de los más de 35.000 millones de euros pagados en intereses habrán salido de España. Este caso contrasta con el de Japón, cuya deuda pública se acerca al 250% del PIB pero que mayoritariamente está en manos de inversores japoneses, por lo que se producirá una redistribución de renta entre agentes económicos del mismo país.

Siguiendo con este análisis de los tenedores de deuda, algo más de la cuarta parte de la deuda pública española viva en 2014 estaba en manos de la banca española, así que otro buen pellizco de los intereses pagados por el Tesoro van a parar a los bancos. Para más inri, los bancos compraron ese volumen de deuda gracias a las inyecciones de liquidez que recibieron del BCE. Esta operación consistente en comprar deuda pública con inyecciones de liquidez del banco central se denomina carry trade, y ha llegado a suponer el 35% del margen de beneficios de la banca española.





SOSTENIBILIDAD DE LA DEUDA

Una vez hemos visto cómo se mide la cuantía de la deuda, cabe preguntarse: ¿es sostenible la deuda pública en España y otros muchos países?

viernes, 15 de mayo de 2015

INGRESO, GASTO Y DÉFICIT PÚBLICO


Hace un par de entradas os hablaba del endeudamiento de la economía española. Ya que hablamos de deuda en general, parece un buen momento para detenerse a analizar los conceptos del déficit y la deuda pública, pues al hablar con los alumnos y con la gente corriente observo que hay bastante confusión en torno a ambas magnitudes. En la siguiente entrada nos centraremos en el déficit, mientras que dedicaremos el próximo post a la deuda pública.  Intentaré explicarme de la forma más sencilla posible, puesto que el objeto de esta entrada es precisamente acercar dichos conceptos a la gente que no los entiende.


INGRESOS PÚBLICOS

Los ingresos públicos son los recursos que obtiene el Estado para desarrollar su actividad. Podemos dividirlos en dos grandes grupos:

* Los ingresos fiscales o ingresos tributarios son los derivados del pago de tributos. Los tributos son pagos pecuniarios (es decir, en dinero) impuestos por el Estado a las personas que residan en él, se exigen como consecuencia de la realización de un hecho imponible al que la ley vincule el deber de contribuir. De mayor a menor importancia, los más destacados son los siguientes:

  • Impuestos: son pagos exigidos por el Estado sin contraprestación directa. Es decir, el Estado no se compromete a que el contribuyente reciba nada concreto a cambio del pago del impuesto. Los impuestos directos son nominativos (es decir, recaen directamente sobre las personas con nombres y apellidos) y gravan el patrimonio y/o las rentas generadas por los contribuyentes (el IRPF y el Impuesto de Sociedades son los ejemplos más representativos). Los impuestos indirectos gravan el consumo de bienes y servicios con independencia de la naturaleza y circunstancias personales de quien adquiere esos bienes (el IVA es el ejemplo más característico, pero también podemos destacar los impuestos especiales sobre el tabaco, el alcohol o los hidrocarburos).
  • Cotizaciones sociales: son las cantidades pagadas por las empresas y los trabajadores afiliados a la Seguridad Social para la financiación de ésta, de modo que los trabajadores tengan derecho a cobertura cuando la necesiten (pensiones de jubilación, prestaciones de desempleo, invalidez, enfermedad, etc.).
  • Tasas: son pagos que se exigen a cambio de la prestación de un servicio público o la realización de una actividad en régimen de derecho público (es decir, que no puede ser prestada por el sector privado). Algunos ejemplos representativos podrían ser las matrículas universitarias, la entrada a un museo público o las tasas por expedición de documentos públicos como el DNI o el pasaporte.
  • Contribuciones especiales: son pagos exigidos por la obtención por parte del contribuyente de un beneficio gracias a la realización de una obra pública o el establecimiento o ampliación de un servicio público. Fundamentalmente, se trata de un tributo municipal, y suele exigirse a aquellos contribuyentes beneficiados por obras de alcantarillado, alumbrado o cualquier otra mejora de urbanización.

* Los ingresos no fiscales son aquellos que no proceden del pago de tributos. Destacamos los siguientes:
  • Deuda pública: está formada por los préstamos que el Estado pide mediante la emisión de bonos y obligaciones. Como sabéis, a ella irá dedicada la próxima entrada, aunque volveremos a referirnos a la deuda pública en esta misma entrada.
  • Transferencias de capital: proceden fundamentalmente de los fondos estructurales de la Unión Europea y su destino es financiar proyectos de inversión.
  • Transferencias corrientes: son recursos que la Administración recibe de otras entidades y que no se materializarán en proyectos de inversión. Uno de los ejemplos más característicos serían los fondos que el Estado recibe gracias a las Loterías y Apuestas del Estado.
  • Ingresos patrimoniales: son rentas generadas por bienes del Estado. Un ejemplo podría ser el alquiler cobrado por la cesión de un suelo público o los dividendos generados por las empresas públicas.
  • Ingresos generados por la enajenación de inversiones: son ingresos derivados de la venta de bienes públicos. El ejemplo más característico sería el de la privatización de empresas públicas.



GASTO PÚBLICO

El gasto público es el conjunto de gastos realizados por la Administración. Siguiendo un criterio económico podemos agruparlos en dos grandes categorías:

* Gastos corrientes: son los relacionados con el mantenimiento básico del papel del Estado, ya que se destinan a proporcionar servicios como la sanidad, la educación, la justicia o los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Desde un punto de vista macroeconómico, se identifican con el consumo del Estado. Podemos dividirlos en tres grandes categorías:
  • Salario de los funcionarios y del personal que trabaja en las empresas y organismos públicos.
  • Adquisición de bienes y servicios a empresas y agentes privados.
  • Gastos financieros: corresponden al pago de los intereses de la deuda pública.

* Gastos de inversión: son los destinados a mantener y ampliar el capital productivo del país. Se corresponden con el gasto en infraestructuras (carreteras, aeropuertos, ferrocarriles, hospitales, centros educativos...). Desde un punto de vista macroeconómico, se asimilan a la inversión del Estado.

* Transferencias y subvenciones: son recursos que el Estado transfiere a las empresas y personas que más lo necesiten o que cumplan los requisitos que determine su política económica. Se podría decir que, en este tipo de gastos, el Estado actúa como mero intermediario, detrayendo recursos de ciertos agentes económicos para transferirlos a otros. Las transferencias están destinadas a las personas físicas (pensiones, subsidios de desempleo, becas, pensiones no contributivas...), mientras que las subvenciones están dirigidas a empresas y personas jurídicas (para reducir el coste de producción de determinados bienes, para la creación de puestos de trabajo, por invertir en nuevas tecnologías y bienes de capital...).


DÉFICIT PÚBLICO, DÉFICIT PRIMARIO Y DÉFICIT ESTRUCTURAL

El Presupuesto del Sector Público recoge sus planes de gasto y los ingresos que espera obtener para financiar ese gasto. Si los ingresos y los gastos del Estado son iguales, se dice que el presupuesto está equilibrado. Si gastos e ingresos no son iguales, el presupuesto presenta un desequilibrio que adoptará la forma de superávit (si los ingresos son superiores a los gastos) o déficit (si los gastos son superiores a los ingresos). Como la situación de déficit es la más habitual y la que más preocupa a los economistas, nos centraremos en él. Por tanto, el déficit público es el desequilibrio presupuestario que se produce cuando los gastos del Estado son mayores que sus ingresos.

Un aspecto interesante del déficit es que para medir su importancia se recurre a la proporción que representa con respecto al PIB: es decir, si a día de hoy se dice que el déficit público español es del 5'8%, esto significa que su cuantía representa un 5'8% del PIB español. Sin embargo, debemos tener en cuenta que mientras que el PIB representa una medida de lo que ingresa toda la economía en un año, el déficit representa una carga específica del sector público. Es cierto que cuantificarlo con respecto al PIB tiene su lógica, puesto que permite las comparaciones entre distintos países y el PIB representa un límite máximo a la capacidad financiera del Estado, pero debemos ser conscientes de que esta forma de medirlo minusvalora su importancia (por ejemplo, si midiéramos el déficit con respecto a los ingresos del Estado, podríamos movernos fácilmente en un entorno del 20-25% de déficit, una cifra mucho más impresionante que la del 6% que actualmente se maneja).

Por otro lado, conviene conocer ciertos componentes del déficit que son mencionados muy a menudo por economistas y medios de comunicación:
  • Déficit primario: es el que se obtendría descontando el pago de los intereses de la deuda pública. En la medida en que el pago de estos intereses ya está comprometido, el déficit primario es el que resulta de restar a los ingresos públicos el gasto público sobre el que el gobierno tiene cierto margen de actuación. Por otro lado, el hecho de que el presupuesto del sector público arroje un déficit primario es uno de los factores a tener en cuenta para determinar si el volumen de deuda pública es sostenible, como veremos en la próxima entrada (si un Estado presenta un déficit primario persistente, su volumen de deuda pública no dejará de crecer).
  • Déficit cíclico o coyuntural: es el que se produce en las fases recesivas de los ciclos económicos, ya que los ingresos públicos disminuyen como consecuencia de la caída de la actividad económica y el gasto público aumenta como consecuencia de la activación de los estabilizadores automáticos (gastos que aumentan automáticamente en determinadas coyunturas, como las prestaciones de desempleo, que aumentan cuando crece el paro). 
  • Déficit estructural: es la parte del déficit que es independiente de la fase del ciclo económico y que se debe a desajustes estructurales entre los ingresos y los gastos públicos. Determinar qué parte del déficit es estructural es vital para la economía española, puesto que los compromisos contraídos con la Unión Europea en materia de déficit se refieren al déficit estructural (incluido el límite de déficit que PP y PSOE pactaron incluir en la Constitución). Incumplir estos compromisos puede acarrear sanciones graves de la Unión Europea y la desconfianza de los mercados financieros, con las consecuencias que eso tendría para el coste de la deuda.

domingo, 19 de abril de 2015

EL MULTIPLICADOR DE RASPUTÍN


Uno de los conceptos más recurrentes de los popularizados por John Maynard Keynes es el multiplicador del gasto. Básicamente, lo que nos dice este concepto es que el incremento que se produce en la renta nacional como consecuencia del gasto de 1 € es una cantidad superior a dicho euro.

Esto se debe a que el dinero que se gasta va circulando por la economía, de modo que si un sujeto A paga una determinada cantidad de dinero a otro sujeto B, este sujeto B podrá utilizar ese dinero para comprar algún bien al sujeto C, éste podrá usarlo para comprar algo a un sujeto D y así sucesivamente, resultando al final que el gasto final que tiene lugar en la economía es mucho mayor que el que inicialmente realizó el sujeto A. El efecto multiplicador será más intenso cuanto mayor sea la propensión marginal al consumo, es decir, el porcentaje de sus ingresos que los agentes económicos dediquen al gasto, puesto que cuanto mayor sea esta propensión mayor será la cantidad de dinero que circule por la economía.

Keynes utilizaba este concepto para justificar la intervención del Estado en la economía, pues venía a decir que cada euro gastado por el gobierno redundaría en un crecimiento mucho mayor del PIB y de la renta nacional (por supuesto, el concepto del multiplicador es objeto de debate y controversia; recientemente, el economista jefe del FMI Olivier Blanchard entonó un sonoro mea culpa por subestimar los multiplicadores del gasto cuando defendió las recetas de austeridad en la eurozona).

Lo que me ha hecho gracia es ver cómo un personaje de cómic utiliza el concepto del multiplicador (sin nombrarlo, eso sí) para justificar sus fechorías. Me refiero a Rasputín, seguramente el secundario más carismático de la serie Corto Maltés.


Como muchos de vosotros sabréis, Corto Maltés es una serie de aventuras creada en 1967 por el italiano Hugo Pratt. Su protagonista es el marinero Corto Maltés, un aventurero romántico que recorre el mundo durante el primer cuarto del siglo XX. A principios de 1920, Corto se encuentra en Siberia, trabajando a las órdenes de la organización de los Linternas Rojas para intentar robar el oro del zar, que viaja en tren por las estepas siberianas, como se cuenta en Corto Maltés en Siberia, una de las aventuras más largas creadas por Pratt. A dicha aventura pertenecen estas viñetas:






Impecable razonamiento, ¿verdad? Y más en la época en la que vivimos, donde todo corrupto y ladrón de guante blanco que se precie corre a esconder su dinero en Suiza. Lo más interesante es que, dado que esta aventura transcurre en 1920 y que sabemos que Corto Maltés y Rasputín recorrieron el mundo entero y conocieron a personajes reales como Jack London, Butch Cassidy y Sundance Kid, el Barón Rojo o Josef Stalin... ¿sería muy descabellado imaginar que fue el propio Rasputín el que inspiró a Keynes o a Richard Kahn cuando enunciaron el concepto del multiplicador?

Quién sabe, a lo mejor los viajes de Corto Maltés le llevaron a coincidir con el Círculo de Bloomsbury.